Es un hecho innegable que yo seguiré sufriendo hasta encontrar un nuevo paliativo para la banalidad de mi espíritu romántico oprimido.
Y cuando lo encuentre, sí, es evidente, volveré a sufrir. ¿Alguien esperaba lo contrario?
Cada día encuentro más razones para darme cuenta de que no estoy exactamente bien como yo creía, pero, por otro lado, influye la hipocondría, y tampoco se puede decir que yo quiero estar bien, nunca quise estarlo, yo misma lo indiqué: me conduciría a la locura.
¿Qué puedo decir? La lombriz solitaria que me controla me lo balbucea constantemente: "Vas bien, vas bien, vas bien derecho a las pastillas, vas bien ganándote una lobotomía."
¡Y yo le creo! Y no puedo ni sonreír porque lo que me trastorna no son los tipos de enfermedad mental que preferiría, no, no, no, son de los que me hunden hasta lo más oscuro y viscoso del abismo para luego hacerme resurgir en luces brillantes y arco iris, tan brevemente que no puedo disfrutar de ello hasta cuando estoy de vuelta cayendo al fondo del pozo.
Y la lombriz solitaria me susurra: "Ellos tenían razón, siempre la tuvieron, ¡qué humillación!, tú siempre en un error, ¡atroz!, siempre caminando en otra dirección."
Y hay tantas canciones que me lo pudieron advertir... Y hay tantas canciones que siguen animándome como el amigo que nunca tuve. ¡Ja já!
Si tuve amigos, pero ¿qué se puede pedir de ellos?. Aún los tengo, aún los quiero.
Las canciones dan el consejo que quiero oír, los amigos dan el consejo que no necesito escuchar.
La lombriz solitaria me está diciendo estúpida.
¡Y yo le creo!
Ahora se me ocurre que la noche podría durar un poco más, no quiero dormir, no quiero despertar mañana, no quiero sentir el tiempo avanzar.
Ahora recuerdo que tengo miedo, y, peor aún, la lombriz me señala que quizás no es miedo a perderle (¿Cómo?), no es miedo a no volverlo a ver, no es miedo, ni siquiera, al rechazo. ¡No! Es miedo al vacío, es miedo a algo nuevo, es miedo a tener que enfrentarme al espejo, es miedo a enfrentarme a la incertidumbre, es miedo a verme desplazada a la nada, es miedo a disminuirme por una estupidez.
Y es por eso es que yo nunca he podido determinar qué mierda es el amor.
Hay que asumirlo; me grita la puta lombriz: lo mío siempre ha sido un severo caso de obsesión transferible, de cultos a ídolos fantasmagóricos, a imágenes tan perfectamente plasmadas en mi cabeza que cualquier mutación desencadena la náusea asociada a la realidad.
Yo suelo repetir lo que para mí es dogma: La nada sucede al colapso.
Ahora estoy prediciendo un vacío inefable, al que le tengo terror, y por lo tanto, un derrumbe de una magnitud gigante, que me aplastará, comprimirá y exprimirá hacia la blanca interfase del dolor.
Ahora vienen los sueños: aquellos que no me dejan cerrar los ojos por las noches; aquellos que se niegan a creer que esto sucederá, que se aferran tanto al pasado como lo hacen las ideas que tratan fervientemente de refutar, buscan conclusiones empíricas diferentes para levantarle un trono a la esperanza. Y cuando esta caiga, es cuando el derrumbe ocurra, y todo es odiosamente circular.
Todo está detestablemente planeado, todo está fríamente calculado.
Y cuando todo sea completamente diferente, siguiendo un patrón sardónicamente similar, me haré creer que siempre supe todo lo que iba a pasar...
Y todo continuará...
Y yo me voy a suicidar...
Y yo terminaré encerrada...
Y yo debo dejar de pensar...
Y yo soy una tarada...
Es innegable, merezco un psiquiátrico.
Posted at 10:28 pm by MeiSameew