What??



<< October 2009 >>
Sun Mon Tue Wed Thu Fri Sat
 01 02 03
04 05 06 07 08 09 10
11 12 13 14 15 16 17
18 19 20 21 22 23 24
25 26 27 28 29 30 31


If you want to be updated on this weblog Enter your email here:



rss feed



Saturday, October 10, 2009
5 minutos: El inicio de la auto-referencia.

5 minutos, sólo 5 minutos restantes de aburrimiento, no había sido un buen día, lento y soporífero, y esto debía terminar. Miré hacia la escalera, gente subía y subía con sus miradas felices como burlándose de la mía, y ahí estaba ella… distraída y extraña, subiendo también, emitiendo un inaudible saludo que me desconcertó el alma vacía. Quise desaparecer. Ella me conocía, me dejó a mí las preguntas cordiales y formales, traté de hacerla reír. Y los 5 minutos se desvanecieron en el aire.
No sé cómo pude dormir, quizás aún no ahondaba en mi cabeza que aquello no debió ocurrir, pero debía pasar una semana antes de poder volver a ver aquel rostro peculiar y lo comenté vagamente a quienes me tenían por su amigo. Malditos ellos, me metieron ideas en la cabeza, todo pudo haber sido mentira.
Una semana, una semana restante de aburrimiento, una semana para hacer planes; no había sido una buena semana, no había sido un buen mes, no había sido un buen año y recién estaba comenzando, estaba en medio de un período intermedio, no tenía nada a qué aferrarme, no había conocido a nadie, estaba perdiendo gente que no quería perder, y me había reencontrado con un recuerdo que debió haber muerto, una vieja ilusión, un temido nerviosismo, un pérfido elemento de cambio que quería desechar.
Una semana pasó sin más, llegué temprano al mismo lugar, 15 minutos… 10 minutos, sólo 10 minutos para que llegara, el corazón me ardía: ”¡Llega!”… y ahí estaba, distraída y extraña, sonriendo, creo, y los minutos se hicieron segundos y me convencí en el subconsciente: Esto iba a terminar mal.
La busqué, no podía soportar esperar tanto por vagos momentos en los que no se podía conversar, perseguí su rastro ávidamente con pequeñas pistas, con su nombre raro como ella, con pistas del pasado, encontrar es fácil en estos días con poca información.
Hablamos, le abrí mi corazón tan rápido que me sorprendí, quizás no debí. No, no debí, todo fue obra tan solo del impulso provocado por la angustia de la vacuidad, he sido un verdadero estúpido.
Estaba vulnerable, un estado despreciable, me dejé influenciar por cada una de sus palabras, con cada una de sus ideas se armaba un torbellino en mi cerebro, me cuestioné cada aspecto de mi existencia, nuevos personajes nacieron en mi interior, cada uno con su propia visión, me atormentaba, cambiaba mis inclinaciones y sentía náuseas al darme cuenta de que pudo haber sido obra de mi obsesión con ella.
Lo escondí, lo negué, hasta que mi devoción era evidente, no para ella quizás, no tenía por qué serlo, yo le rendía un culto secreto, era mi costumbre. No pasó mucho tiempo hasta que me llegó una invitación; un retorcimiento interior. Pero aquellos días eran tranquilos, sin preocupación, había excretado la esperanza por culpa de ella. Iba a asistir y entregarme a la distorsión de la inconsciencia, a hacer de mí, mis amigos, al tequila y el ron.
Desaparecí, me transformé, mi inocencia engañosa casi se va, viajé al pasado, hice el ridículo, me dejé seducir por unos ojos azules que nunca más volví a ver, conocí y hablé. Pero sucedió lo que no debió suceder, aunque yo fui el absoluto responsable y siento que abusé, ella dijo palabras más hirientes que cualquier estupidez que bajo el sopor etílico pude yo haber hecho.
Ahí lo confirmé, me había ilusionado más de lo que tenía dimensionado y era unilateral, pero fue como si nada hubiese ocurrido, yo sólo caía.
Pasaron las semanas y me hundí, volví a violentarme con vicios y a vomitar honestidad, sus palabras me abrían y destrozaban y yo me dañaba más, los días se hicieron confusos e iguales.
Me di al placer de leer e ignorar mi propia cabeza, de vez en cuando me abatía en indecisión y disconformidad, en la siempre eterna soledad de mi espíritu y en ambigüedad.
Surgieron oportunidades que no quería tomar pero lo hice igual, peor es nada, estaba vaciándome de nuevo y no lo iba a permitir (aunque debí).
Llegó una noche en la cual realmente me destruí, todos suponían que yo me había alzado por sobre la debilidad y por la alucinación de amor, pero no era así. Y esa noche me rompí, entre extraños y vodka, entre cigarros con tabaco y otras cosas, mi casi acabada inocencia terminó por morir, me había engañado a mí mismo y a gente que confiaba en mí.
La resaca de madrugada me trajo odio y desprecio, además de una desesperación que desviaba en posibilidades extremas.
2 semanas fueron de exasperación antes de la liberación. Aunque no me sentí más libre después.
Y justo cuando yo creía que la había olvidado, a ella, a la esquiva solitaria, protagonista de mis antagonismos interiores, me invitó a salir.
Yo sabía, no era tonto, yo sabía que iba a ser lo suficientemente incauto como para repetir declaraciones vanas, para decir frívolamente: “Te quiero comprender”. Y yo sabía que eso no podía salir bien.
La noche fue testigo de mi debilidad y de su humanidad. Las cicatrices se abrieron otra vez, me planteé acabar con todo de una buena vez, y lo haré.
El año termina, otra vez, y yo, con las muñecas abiertas, el corazón putrefacto, la cabeza perforada y la espalda cargada de culpas y de nuevos lastimeros recuerdos.
Leo sus palabras una y otra vez, una y otra vez, aún ahora no puedo determinar si me enamoré o si lo estoy en este momento, y no importa. Sólo me preocupa que cuando está triste me entristezco, aunque, no obstante, si está feliz me atormento.
El año termina, y yo prometo y prometo, no más auto-destrucción, no más amor, no más relación, no más pensamientos lánguidos y suicidas, no más, no más, no más, no más.
Me sentaré por la ventana todas las noches agotando cigarrillos y escupiendo su esencia de mi gastado ser, me emborracharé los fines de semanas hasta convencerme en la inconsciencia de que no la quiero, nunca la quise y que la olvidaré.
Pero siempre será mentira, la usé para aplacar la nada de la que adolecía mi interior y me hipnoticé como siempre lo hago, y me sube la angustia por todas las venas cuando se me ocurre que pueda no volverla a ver.
La soledad es un sentimiento, no un estado, y yo me siento solo.
Y me gusta estar solo.
Pero a veces el instinto absurdo me hace confundir el amor con idealizaciones macabras, como la que me hice de ti, traicionera desolada.
No más, no más, no más.

.---











No sabía para dónde iba, caminaba por el centro sin rumbo, miraba mi reflejo en los vidrios de vitrinas y edificios; estaba destrozado.
Pregunté y encontré mi camino, hacía frío, bajé escaleras hacia el metro subterráneo, y a medida que bajaba, mi ánimo decaía.
Estaba triste, me había encontrado con que me identificaba con aspectos que fervientemente detestaba.
Y me prometo y hago los inciertos pactos:
No volveré a beber, no voy a fumar.
Me dedicaré a leer, a pensar.
Llovía, era un día perfectamente opaco como mi interior, me lamentaba por noches anteriores y no por la que acababa de pasar.
No había dormido, estaba extenuado. Recordaba lo bajo que he caído, por culpa de los burdos vicios. Yo amaba la decadencia y ya no; es absurda, es inconsciente, decepcionantemente normal.
Me senté y me repetía: “La soledad es un sentimiento, no un estado”.
Me sentía enfermo, mi estómago e hígado estaban acabados.
Estaba alucinando.
No sabía lo que quería.
La visceral auto-agresión mantenida siempre presente durante años llevaban a mi cuerpo a balbucear: ¡Suficiente!
Mis entrañas cobraban venganza por el abuso.
Y ahí estaba ella, distraída y extraña, se le veía alegre, contenta, trabajando, conversando. Me senté a su lado y un soplido de paz interior me revolvió intensamente, no sé cómo, no sé por qué, de repente todo era fácil. Seguía sintiéndome bastante demacrado, pero progresivamente algo dejaba de estar fallando.
Me estaba purificando, y me distraje un par de minutos, decidiendo rápidamente volver a mi casa para descansar del infatigable malestar físico que me acaecía; me di vuelta y ahí estaba ella, con su cabeza escondida entre sus brazos, no podría determinar si estaba llorando, sólo sé que se me entorpeció el alma de preocupación, aunque una caricia no iba a cambiar nada. Se me ocurre que quizás yo le hago mal. ¿Cómo saberlo? Quiero creer que no me importa.
Promuevo la parestesia de mis emociones, al vacío que ha de suceder a este colapso, al próximo inicio del sufrimiento cíclico y polarizado y al presente terminar.
Me induciré la aflicción de la abstinencia, me purgaré.
Ahora sí.
No más, no más, no más.

Posted at 02:16 pm by MeiSameew

 

Leave a Comment:

Name


Homepage (optional)


Comments




Previous Entry Home Next Entry


Blogdrive